El caso es que no aprobé su asignatura hasta tres años después, durante el primer examen que hice después de muerto el profesor. Me dijeron que murió de un infarto en clase y dudo que nadie hiciera nada por él. Sus médicos ya le habían recomendado después de un jamacuco que se dedicara a otra cosa, pero a su manera era una persona entregada y con vocación; posiblemente un buen lingüista de la vieja escuela, aunque no he leído nada suyo. Ojalá se hubiera dedicado a escribir artículos o al control de calidad en un taller de botijos, porque los botijos no son personas.
Recuerdo tener discusiones con compañeras de curso sobre su caso, entre el rencor y la piedad. También alguna simpatía. Debió hacer caso a los médicos.
Su desgracia fue que vivía en una zona de bares y, claro, su dirección pasaba entre los alumnos de generación en generación y todo el que pasaba, fuera la hora que fuera, le llamaba al timbre y le atormentaba. El siguiente curso de imberbes y jovencitas se encontraba con el odio acumulado de ese señor por la juventud y así se alimentó el ciclo hasta que reventó su corazón.

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