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miércoles, 9 de julio de 2008

Las máximas de Grice y la traducción, muy por encima


Grice estableció en 1975 el llamado principio de cooperación, básico para la coherencia y punto de partida que hace posible un acuerdo entre los hablantes para iniciar, continuar y finalizar una comunicación coordinada y razonable. Este principio se compone de cuatro máximas:

· Máxima de cantidad.

· Máxima de calidad.

· Máxima de relación.

· Máxima de manera o modo.

La máxima de cantidad aconseja no dar ni más ni menos información que la necesaria para que se entienda el texto (economía lingüística).

La máxima de calidad es la que recomienda no decir nada acerca de lo que no estemos seguros de que es cierto o de algo que no tenga relación con el texto. Tiene que ver con la sinceridad que obliga al emisor a decir siempre la verdad.

La máxima de relación nos indica que la información ha de ser relevante, pertinente, significativa, es decir, que interese.

La máxima de manera nos advierte que la información ha de darse con claridad, brevedad y orden.

Sin embargo, estas máximas se violan a veces de manera voluntaria, por ejemplo, para mentir o engañar. A veces se violan de manera involuntaria porque el hablante no posee suficiente competencia.
[...]

Los mediadores a veces trasgreden las máximas de Grice cuando:

· Máxima de calidad.

· El texto traducido permite una interpretación contradictoria de la que se puede hacer del texto original.

· La información añadida no conduce a facilitar una aproximación entre las interpretaciones del TO [texto de origen] y del TT [texto terminal] en sus contextos respectivos.

· La información suprimida alimenta las divergencias entre las interpretaciones del TO y TT en sus contextos respectivos.

· Los mediadores presentan como creación original lo que es producto de la mediación partiendo de otro texto o discurso.

· Máxima de cantidad.

· Reducen la extensión de un texto (por ejemplo: mostrar más interés por los resultados de una investigación que por la metodología utilizada en un artículo científico).

· Amplían la extensión de un texto de forma innecesaria (mayor repetición, lentitud en su desarrollo).

· Máxima de relevancia o relación.

· El mediador considera redundante una parte de la información y la omite sin ninguna justificación (proceso de reducción).

· Añade información que resulta redundante en la cultura terminal (proceso de explicitación).

· Máxima de modo.

· No son tan claros, sucintos y ordenados como el TO.

· Trastocan un TO (por ejemplo literario) de manera que una estructura deficiente o pobre mejore en el TT.

· Concurren en ambigüedades o errores no presentes en el TO.

(fusilado y extractado del rincón del vago, ¡pero lo estudié en la Universidad, eh!)

viernes, 13 de junio de 2008

Sobre La Norma Lingüística.

Un extracto de un artículo de sentido común de Manuel Seco -se ve que es de la Academia y recuerdo que le citaban mucho en la Universidad- sobre la autoridad que pueda tener la RAE. No es que diga nada nuevo -ni definitivo- pero me lo pongo a modo de post-it.


Para el hablante español medio, la autoridad máxima, algo así como el tribunal supremo del idioma, es la Real Academia Española. Esta institución oficial nació, en 1713, con un carácter exclusivamente técnico (diferente del de hoy, que es en gran parte honorífico) y con una finalidad muy definida, que está de manifiesto en su lema: Limpia, fija y da esplendor.

Es decir, su misión era, basándose en el uso de los mejores escritores, establecer una forma precisa y bella de la lengua, exenta de impurezas y elementos superfluos. Con tal objetivo, compuso la Academia su célebre Diccionario en seis volúmenes llamado "de Autoridades" (1726-1739), y más tarde su Ortografía (1741) y su Gramática (1771). La autoridad que desde un principio se atribuyó oficialmente a la Academia en materia de lengua, unida a la alta calidad de la primera de sus obras, hizo que se implantase en muchos hablantes -españoles y americanos-, hasta hoy, la idea de que la Academia "dictamina" lo que debe y lo que no debe decirse. Incluso entre personas cultas es frecuente oír que tal o cual palabra "no está admitida" por la Academia y que por lo tanto "no es correcta" o "no existe".

En esta actitud respecto a la Academia hay un error fundamental, el de considerar que alguien -sea una persona o una corporación- tiene autoridad para legislar sobre la lengua. La lengua es de la comunidad que la habla, y es lo que esta comunidad acepta lo que de verdad "existe", y es lo que el uso da por bueno lo único que en definitiva "es correcto".

La propia Academia, cuando quiso imponer una determinada forma de lengua, no lo hizo a su capricho, sino presentando el uso de los buenos escritores. La validez de un diccionario o de una gramática en cuanto autoridades depende exclusivamente de la fidelidad con que se ajusten a la realidad de la lengua culta común; ninguna de tales obras ha de decirnos cómo debe ser la lengua, sino cómo es, y por tanto su finalidad es puramente informativa. Se puede buscar en ellas orientación, no preceptos.

La actitud de reverencia ciega a la Academia, unida a la adhesión literal a uno de los principios de fundación de ésta, da lugar a la posición purista, que rechaza cualquier palabra nueva por ser extranjera o simplemente por ser nueva. El punto de partida de esta postura es el de suponer que una lengua es una realidad fija, inmutable, perfecta; ignorando que tiene que cambiar al paso que cambia la sociedad que la habla, y que, al ser un instrumento al servicio de los hablantes, éstos la van adaptando siempre a la medida de sus necesidades.

Pero no debe confundirse el purismo, tradicionalista y cerrado, desdeñable por absurdo, con una conciencia lingüística en los hablantes -realista y crítica a la vez- que con sentido práctico sepa preferir, entre las varias formas nuevas que en cada momento se insinúan, las más adecuadas a los moldes del idioma, y que, reconociendo la necesidad de adoptar extranjerismos, sepa acomodarlos a estos mismos moldes. El desarrollo de tal conciencia lingüística sería uno de los mejores logros de una buena enseñanza de la lengua.

Si la lengua es de todos; si nadie, ni Academia ni gramáticos, la gobiernan ¿cómo se mantiene su unidad? Ya hemos dicho que el instinto general de conservar el medio de comunicación con los demás, necesidad de toda sociedad, es lo que frena y contrarresta la tendencia natural a la diversidad en el hablar. Este instinto es el que establece las normas que rigen en cada comunidad.

Aunque es indudable la existencia de una norma en la lengua, también es innegable que no existe "una" norma. La supernorma, la norma general, es, desde luego, la lengua culta escrita, que presenta una clara uniformidad básica en todo el mundo hispanohablante; pero el uso cotidiano se fragmenta en normas menores, variables según la geografía y según los niveles, que, sin romper la unidad general del idioma, ofrecen a menudo matices muy peculiares. A esta variedad de normas, y no sólo a una dogmática norma unitaria, debe atender una enseñanza realista de la lengua, en beneficio de los hablantes y de la propia lengua.

Normas de puntuación para el discurso referido



Nada, que he descubierto hoy una página sobre lengua castellana y en ella un articulillo que, ahora que por fin había llegado a estar satisfecho con mi forma de plasmar el discurso referido (diálogos, intervenciones, comentarios y tal) me confirma que, a poco que se haga con algo de criterio, todo vale. Con un buen puñado de ejemplos sacados de Cien años de soledad en los que García Márquez
demuestra que hace un poquito lo que le da la gana. De propina, un par de fotos sobre lo que la UNESCO considera "el ejemplo más antiguo y mejor conservado de planificación urbana basada en el principio de construcción vertical". La ciudad de Shibam en Yemen. No he estado, pero he leído un reportajillo en el suplemento de EL PAÍS y me ha llamado mucho la atención.

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