¿Qué miran las vacas? Es algo que me fascina, como a cualquier persona que haya pasado cerca de una vaca. Vas en bicicleta por el monte y, en medio del camino, una vaca. Un bicho enorme que si te da un topetazo te manda monteabajo. Está mirando algo, hay otra vaca que también está mirando algo, ¿el qué? La mirada de la vaca es inescrutable. Si miras una oveja, por ejemplo, no ves más que un bicho tonto, también puedes ver astucia en los ojos de un gato o cierta inteligencia en los de un perro, la mirada de un elefante destila una sabiduría y una paciencia milenarias y los camellos son como ovejas en grande: estúpidos. Pero la mirada de la vaca es inescrutable. Te ve pero no te mira, su mirada te traspasa, como si la vaca sólo se hayase presa en este mundo y se lo tomara con filosofía.
Quizá sea ese el secreto: las vacas son hijas desterradas de la Gran Vaca. Las vacas provienen de otro mundo y, por alguna extraña paradoja de las leyes de la física, estén aquí mientras estén allá, y sus ojos traspasan al excursionista porque están viendo miles, millones de años luz simultáneos que las separan de nosotros mientras están en este Limbo terrícola esperando quizá a que las llamen para proseguir su viaje interestelar. Quizá ellas también estén viendo arder las Puertas de Tannhausen mientras las contemplamos perplejos, paradas en medio de un sendero que cruza un hayedo. Son las guardianas de nuestro mundo pero no sabemos qué vigilan ni si tienen intenciones, seguro que algo nos hacen a través de su leche.
No es casual que nuestra galaxia se llame, precisamente, la Vía Láctea. ¿En cuántos planetas simultáneamente hay vacas? ¿Son todas las mismas? Por qué no, si poseen el don de la ubicuidad. Son un mero capricho de las leyes de la física o están aquí por designio de la Gran Vaca que diseñó la Vía Láctea. Hay que reconocer que nuestra galaxia parece un pastel depositado en un prado. Otras galaxias pueden estar bajo otros signos: estará la galaxia del mono, la del cerdo, la de los caballeros del zodíaco y no discuto su derecho a tener sus propias Leyes de la Física y sus propios guardianes ubicuos. Nuestra es la Vía Láctea, hija de la Vaca.
Vivimos una época de cambios. Nuestros abuelos todavía creen que todo es designio divino: que las cosas son así porque así lo ha dispuesto Dios. Dios hizo el cielo y la tierra, hombres y mujeres, vacas y peces, Dios hizo las flores. Ahora, mucha gente llama a Dios Naturaleza: la Naturaleza es sabia y justa, la Naturaleza castiga las conductas contra Natura extinguiendo especies enteras, nos hace pagar nuestros pecados ecológicos. La Naturaleza, a través de las hormonas, determina nuestro comportamiento aunque, en su sabiduría, nos permita un albedrío libre que nos condena irremediablemente al pecado. Pero no es la Naturaleza, no es Dios. Es La Vaca.
Ahora que todo parece venirse abajo, en estos tiempos aciagos de cambio climático y una terrible crisis acechando, las vacas nos darán una enorme sorpresa.

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