sábado, 26 de abril de 2008

Sobre el amor al trabajo

Estoy pasando un plácido sábado del verano que despunta, desnudo en la cama a las siete de la tarde con un libro que empecé anoche después de dos cervezas, con María del Mar Bonet cantando a su aire. El espejo del mar, de Joseph Conrad; traducción de Javier Marías. Tengo el libro desde hace años e incluso lo empecé (tenía de marcador un calendario de 1993, aunque no creo que fuera actual cuando lo usaba; a saber), pero no había reunido la suficiente paciencia como para sumirme en toda esa terminología marinera en la que se recrea el texto. Lo curioso es que, a pesar un día llegué a la conclusión de que la paciencia es una potencia que se desgasta para dejar paso, en todo caso, a la resignación, ahora estoy gozando con él, con la maestría con la que engasta observaciones sobre la vida y la mar.

Para mi sorpresa, que no debería haber sido tanta, Conrad ya lleva mencionado en un par de ocasiones el instintivo rechazo del trabajo que sentimos las personas. Sin embargo, lo que ha llamado mi atención es un hermoso pasaje sobre el amor al trabajo que se convierte, así, en bello arte. Lo transcribo.

[...] la pericia de la técnica es más que honradez ; es algo más amplio, un sentimiento elevado y claro, no enteramente utilitario, que abarca la honradez, la gracia y la regla y que podría llamarse el honor del trabajo. Está compuesto de tradición acumulada, lo mantiene vivo el orgullo individual, lo hace exacto la opinión profesional, y, como a las artes más nobles, lo estimula y sostiene el elogio competente. Esa es la razón por la que la consecución de una cierta destreza, el fomento de la propia pericia, atendiendo a los más delicados matices de la excelencia, es una cuestión de vital importancia. Hay un tipo de eficiencia, sin fisuras prácticamente, que puede alcanzarse de modo natural en la lucha por el sustento. Pero hay algo más allá: un punto más alto, un sutil e inconfundible toque de amor y de orgullo que va más allá de la mera pericia; casi una inspiración que confiere a toda obra ese acabado que es casi arte, que es el arte.

Y sigue un poco más. En estos momentos de placidez, descansado después de unas necesarias vacaciones (las últimas semanas de trabajo me tuvieron al borde del agotamiento mental, llevaba sin parar -exceptuando en navidades, que me puse malo- prácticamente desde marzo del año pasado, leo un texto así y pienso: eso es lo que entiendo yo por traducir. Si la disciplina tiene que servir para algo, que sea para vivir con esa nobleza. Por eso me levanto saludando al sol y trato de ejercitar el cuerpo y la mente: nadar, salir a correr, andar en bicicleta, leer, trabajar, comer sano y bien.

Desgraciadamente, por la cochina servidumbre del trabajo, por pagar el alquiler y quince sangrías más, por no vivir del aire, la mayoría de mis traducciones son "a peso" y para agencias. En ellas soy eficiente, sin duda, pero su urgencia, su desbordante volumen, me alejan con cierta frecuencia de mis ideales de equilibrio y autodisciplina. Yo quiero ser un aristócrata de la traducción, como los patrones de yates de los que habla Conrad en su pasaje, pero traduzco sobre todo manuales de instrucciones. Eficientemente, claro. Es por eso por lo que, hace uno o dos meses, me sentía perfectamente retratado por un artículo de Onetti en el cual explicaba cómo estuvo un año dedicándose a la traducción (literaria), lo que le valió para cubrir gastos y nada más: se pulía todo el trabajo en cuatro días, a base de bencedrinas. Y es cierto que el café en la noche es otra cosa que nos hermana a traductores y marinos.

Resulta que el primer libro entero que traduje, El arte de empezar, ha llegado a las librerías repleto de los tics del trabajo nocturno y apresurado. Está hermosamente escrito, según me ha dicho todo el mundo, pero abundan las "dislexias" y erratas varias. ¿Nadie lo revisó después de que yo lo entregara? Bien que me enmendaron palabras por una mera cuestión de preferencias personales. Todas las traducciones que entrego a las agencias pasan por un proceso de revisión que no sé por qué resquicio se perdió esta vez. Lo cual significa que debo confiar menos en los editores y endurecer mi propia regla -todos esos fallos eran míos, al fin y al cabo-, ampliar la rutina para detectar esos pequeños errores cuando todo el mundo me apresura (no es un complot contra mi persona, es un modo de vida compartido) con plazos, entregas, pequeños cambios, el alquiler y quince sangrías, que se niegan a esperar pacientemente a que remate el trabajo, elabore la factura y espere el tiempo correspondiente -de uno a dos meses, cuando va bien- para cobrar.
Me voy a la piscina.

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