Los griegos nos legaron el mito de Atlas, que es el gacho -un portentoso titán- que carga el mundo sobre sus hombros. Lo que no nos contaron, los muy pijos, que dentro del globo terráqueo tenían a sus esclavos corriendo desesperadamente como hámsters en una rueda, manteniendo el asunto en movimiento.
A mí Atlas siempre me ha recordado vagamente a Cristo a cuestas con su cruz: abrumado con un enorme peso porque cree que, si no lo hace todo él, los demás no van a saber hacerlo igual de bien.
Dicen que Hércules engañó al coloso para que volviese a cargar con el peso del mundo (Hércules le pidió que se lo dejara cargar a él porque era una de sus misiones y luego le dijo que se lo sujetara un momento, que tenía una sandalia desatada y no era plan de pegarse ahí toda la eternidad sujetando el mundo con la sandalia suelta; el grandullón accedió y el héroe se fue de naja dejándole ahí con el marrón encima). Yo creo que Atlas se dejó engañar porque estaba convencido de que Hércules no iba a saber hacerlo bien y, a pesar del monumental peso del mundo, ardía ya en deseos de decirle: "anda trae, que ya lo cargo yo".
Igual que Cristo: mucho predicar virtudes y bondades, mucho educar y adoctrinar en la buena senda pero luego, cuando ya estábamos casi convencidos de que lo que corresponde es enseñar a los pobres a pescar por sí mismos, parece ser que suspiró y dijo: "anda, olvidadlo, casi que me sacrifico yo por vosotros y ya está."
Los esclavos de los griegos son los hámsters que producen el movimiento de rotación mientras corren alocadamente por la cara interior del cascarón hueco del globo terráqueo. Cada vez que el Everest, al dar la vuelta completa, pasa cerca de la titánica oreja de Atlas, éste piensa molesto que menudo fastidio. Como cuando estás de pie en el metro y te sobran todos los que hay en el vagón.
Hay días en los que a Atlas no le apetece cocinar y entonces llama al telepizza.

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