Dejándome llevar por estos paralelismos, puedo llegar a pensar que el lugar más artificial de la vida son las cenas navideñas, en las que las conversaciones en que cada quien rinde cuenta de cómo le ha ido la feria el último año se solapan con el torrente de publicidad televisiva hasta que llega el Rey y pone orden con la sarta de vacuidades de siempre: “son tiempos difíciles pero también de esperanza y blabla”. Reinterpretamos. Maquillamos. En lugar de un balance sincero, hacemos contabilidad creativa con nuestras vidas. Nos montamos nuestras propias películas.
Ya está, ya tenemos tres elementos importantes para comprender este libro: la apropiación de nuestras vidas por el espectáculo, la deriva y la reinterpretación creativa. Gracias a que lo publica pepitas de calabaza comprendemos que el término para definir las divagaciones del Ulises de James Joice y del Bastardo Tranquilo de Oscar McLennan no es “monólogo interior”, sino deriva. Deriva, espectáculo y montarse películas: Guy Debord, presente. Pepitas, cómo no.
En las cubiertas y solapas de este bonito libro hay menciones de reseñas a la versión original inglesa, donde se hace referencia a Flan O’Brien, a quien no conozco, a Beckett y a Joyce (a quienes conozco por referencias). Yo voto por Joyce por lo de la deriva física y mental (nos lo enseñaban en BUP) y subo a Boris Vian en su visión metafórica de la vida cotidiana y a John Kennedy Toole, el de la conjura de los necios. A esos sí los he leído. De todos modos, a veces pienso que parodia al gran Joyce y su Dublín, pero como no lo he leído ni conozco Dublín me lo tengo que callar, no vaya a meter la pata. Añado también a Vonnegut, Burroughs y el pavo que escribiera La Doncella de Hielo, que no quede. No permitiré a Tarantino ser el único pesao con lo de hacerle guiños a todo el mundo para que sepamos que ha visto muchas películas en su triste vida de listillo: yo también. Atentos a los cameos e intertextualidades.
El prota de este libro no está tan-tan chiflado como el de la conjura de los necios, sino que sus experiencias nos resultan mucho más cercanas: es un perdedor vulgarote, como los tarros de champú en las repisas del cuarto de baño de casa, y nosotros tenemos que escucharle. Tampoco está tan-tan chiflado que haya que estar casi igual de loco que él para encontrarle sentido a lo que narra; no es la versión tirada, esquizofrénica y tabernaria del conde de Lautréamont y sus metamorfosis ni le huele el aliento a cazalla podrida, ni nos agarra para echarnos el aliento mejor hasta el punto de que nos acabamos preguntando si no estará intentando ligar con nosotros.
El prota, Phil Malone, intenta romper su patética soledad, y no folla, pero tampoco nos tira los tejos (creo). Seguir su deriva es un juego: la travesía por el páramo desierto es su vida y su soledad, la tragedia de un hombre absorto en sus reflexiones, sus metáforas se parecen también a las de Boris Vian pero son más deslucidas, como el frasco ese. Si te pierdes, él te lo explica amablemente. El lector se divierte viendo cómo se justifica ante sí mismo. Además, recorre siempre los mismos cuatro sitios. Y, sin embargo, a veces nos viene a la cabeza el pensamiento de que ese puto loco tiene una imaginación fértil y desbordante que se apodera de nosotros. Imaginación de niño que ve la realidad a través de las películas, como los niños de posguerra en las novelas de Juan Marsé pero capaz de ser también mucho más crítico, lúcido y mordaz, eternamente y elegantemente autoirónico... en fin, que quiere que le admiremos y le demos mucho amor. Nos acaba cautivando.
Quienes han tenido ocasión de ver al autor de la novela actuando en los cabarés que organiza la vía Láctea en fiestas de la Madalena (Zaragoza), me han comentado siempre que es un guiri muy majo y con mucho sentido del humor que se lo curra muy bien.

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